La mano sobre el muslo
Ella está sentada al borde de la cama. La falda de la túnica, semitransparente, se abre sobre sus piernas. Los tacones de las botas negras se clavan en la alfombra.
Lentamente, su mano derecha se desplaza desde su propio muslo hacia el centro. Los dedos se posan allí, sobre la tela fina. La palma descansa completa, sin presión.
La habitación guarda un silencio profundo. Solo el leve crujir del colchón bajo su peso. Las cortinas claras están inmóviles.
Ella mira al frente, hacia la percha rosa vacía. Los cristales de sus gafas no ocultan la mirada. No hay prisa en su gesto.
La mano permanece. Los dedos no se mueven. Es una posesión quieta, un punto de contacto consigo misma. La tela de la licra cede bajo la curva de su palma.
Así pasa un minuto. Quizás dos. El tiempo en la habitación se mide por la quietud de su brazo, por la fijeza de su postura.
La luz de la lámpara cae sobre la tinta de su antebrazo derecho, haciendo visible el dibujo intricado. En el muslo izquierdo, oculta por el pliegue de la túnica, está la otra.
Nada más ocurre. Es el principio. Un primer movimiento que no anuncia los siguientes. Solo existe este contacto, ella sentada, la mano en su regazo, la cama negra como un fondo.
Se levanta de la cama
El peso del cuerpo abandona el colchón. Los resortes se estiran con un suspiro sordo. Ella queda de pie junto al borde, la palma de la mano aún marcada por la presión de la tela negra. Las suelas de los botines negros se posan firmes sobre el piso. Un segundo de quietud, como si el cuerpo recordara el equilibrio después del reposo. Luego, el primer paso. La pierna se adelanta, el torso la sigue. El movimiento es lento, deliberado. La figura avanza hacia el centro de la habitación, donde la luz de la ventana baña el aire.
La habitación se abre ante ella. No mira hacia atrás. Su recorrido la lleva junto a la percha rosa donde cuelgan prendas ajenas. Los dedos con la tatuaje semitransparente en el dorso rozan la superficie de una chaqueta colgada. Es un contacto breve, casi accidental. El dibujo de la tunica fluye con el leve vaivén del cuerpo al caminar. Cada paso es una afirmación del espacio que ocupa. La luz atraviesa la tela clara de las cortinas y proyecta sombras tenues que se cruzan en su camino.
Un paseo sin prisa
El recorrido no tiene un destino fijo. Es un círculo amplio que bordea los límites de la estancia. Pasa frente a la ventana, y por un instante su silueta se recorta contra la claridad. Los botines no hacen ruido sobre el suelo. La atención parece volcada al interior, a la sensación del movimiento mismo. Los músculos de las piernas se tensan y se relajan bajo la tunica. La mano derecha se levanta y traza una línea en el aire, un gesto que no llega a tocar nada. El brazo vuelve a caer junto al cuerpo. La respiración es el único sonido que marca el compás.
Minutos después, el ritmo cambia. Los pasos se acortan, la dirección se ajusta. La ruta circular se cierra, llevándola de nuevo hacia la proximidad del lecho. No es un regreso precipitado, sino una transición natural. El cuerpo gira lentamente sobre sí mismo, ofreciendo la espalda a la cama por primera vez en este trayecto. La mirada, tras las gafas, parece perderse en el punto opuesto a la ventana.
| Cuándo | Qué pasó | Qué cambió después |
|---|---|---|
| En el mismo instante de levantarse | Ella abandona la cama y se afirma de pie. | El centro de gravedad de la habitación se desplaza hacia el espacio vacío. |
| Minutos después de comenzar a caminar | Sus dedos rozan una prenda en la percha rosa. | El paseo adquiere un punto de contacto tangible con el entorno. |
| Un poco antes de terminar el recorrido | Gira sobre sus talones, presentando la espalda a la cama. | La perspectiva de la estancia se invierte por completo para ella. |
Ese giro final es el compás de espera. La espalda recta, los hombros relajados. Las palmas de las manos, que hasta entonces habían colgado libres o rozado objetos de paso, buscan ahora un nuevo apoyo. El cuerpo se detiene. La inmovilidad no es la de antes, no es la de estar sentada. Es una pausa cargada de la energía del movimiento recién concluido. Los brazos se flexionan levemente hacia atrás.
Un suspiro profundo le llena el pecho. Lo exhala lentamente. Los brazos completan su recorrido. Las palmas se abren y se posan, planas, sobre la curva de sus glúteos. Es un contacto pleno, definitivo. La quietud regresa, pero ahora es diferente. La habitación entera parece haberse reorganizado alrededor de esta nueva postura.

Se sienta de nuevo
Después de moverse por la habitación, ella regresa al borde de la cama. Se deja caer sobre el negro de la sábana. La espalda se endereza por un momento, los brazos se apoyan a los lados del cuerpo. Una pausa breve, solo el ruido del colchón cediendo. Luego, su mano derecha sube por el muslo, sobre la tela transparente de la túnica. El movimiento es lento, casi pensativo. La palma se posa de nuevo sobre su entrepierna, quieta. Los dedos no se flexionan, no presionan. Solo están allí. La otra mano permanece en la cama, hundiéndose un poco en el edredón.
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El cuarto a esa hora
Todo queda inmóvil durante un largo minuto. La luz del día, filtrada por las cortinas claras, ilumina el polvo suspendido. La figura sentada en la cama es una silueta quieta contra el fondo de la habitación. La mano no cambia de sitio. La respiración apenas mueve los hombros. El tiempo parece estirarse, marcado solo por el leve ascenso y descenso de su pecho bajo el dibujo de la túnica.
Finalmente, algo se altera. No es un movimiento grande. Es el giro casi imperceptible de su muñeca. La mano ajusta su posición, el talón de la palma se asienta con más firmeza. Los dedos siguen extendidos, pero ahora la forma de la mano abarca más. La cabeza se inclina hacia adelante, la mirada detrás de los lentes se pierde en el suelo, entre sus botas negras. Parece escuchar algo, o tal vez solo esperar. El cuerpo está aquí, en la cama, pero su atención está en otro sitio, en el punto donde su mano descansa.
Al llegar a la última mitad del tercer minuto, la habitación guarda las marcas de su presencia.
- La marca de su cuerpo en la sábana negra.
- La percha rosa con la sombra de un vestido colgando.
- El cinturón de una bata sobre el respaldo de una silla.
- Un vaso de agua medio lleno en la mesita de noche.
- Las cortinas claras, ahora completamente inmóviles.
- El par de botas negras, plantadas en la alfombra.
- El aire, cargado de un silencio espeso y cálido.
Las palmas sobre las nalgas
Minuto a minuto, el movimiento se fue haciendo más lento. Ahora, al final, el ritmo lo marca su respiración. Un ascenso y descenso apenas perceptible del torso bajo la túnica.
Ella está de pie, de espaldas a la cama.
Primero solo se quedó quieta, mirando hacia los ligeros visillos. Luego, sus manos bajaron desde la cintura. Se deslizaron por la curva de la cadera, sobre el dibujo del tatuaje, hasta posarse, abiertas, en la parte redonda de cada nalga. Las yemas de los dedos se hunden un poco en la carne.
Así se queda.
La tela de la percha rosa no se mueve. La habitación está en silencio. Solo están esas manos quietas, afirmándose, cubriendo el lugar donde termina el tatuaje y comienza la piel desnuda. Los pulgares descansan hacia dentro, casi tocándose.
Unos instantes después, los dedos se flexionan. Aprietan, solo una vez, con una presión contenida y firme. Después, vuelven a aquietarse. La última imagen es esa: la mujer de espaldas, sus brazos cayendo relajados a los costados del cuerpo, las palmas aún calientes por el contacto con su propia piel. No se da la vuelta. Se queda mirando hacia la luz de la ventana, y ahí termina.